PEQUEÑAS ANÉCDOTAS SOBRE CAYO ROMANO
Alexis Medina, Camagüey (El autor obtuvo el primer lugar del Concurso de texto informativo y literario Cubanos de Pesca 2016 con su trabajo “De la pesca del patao con bayas en Esmeralda y otros temas.”).

Biajacas en el cayo
Tengo entendido que cayo Romano pertenecía administrativamente al municipio de Nuevitas y creo que siempre fue así hasta 1995, año en que queda unido por tierra a Esmeralda, a través del pedraplén Jigüey-Cayo Romano-Cayo Cruz, pasando a formar parte de dicho municipio y año en que casualmente me gradúo como médico. No sé si por cuestiones del destino, voluntad divina o humana, el asunto es que tuve el honor de ser el primer y último (hasta la fecha) médico en trabajar allí a tiempo completo, desde finales del 95 hasta finales del 97. Trabajaba directamente con el personal de flora y fauna, que tenían sus instalaciones en un lugar llamado Versalles, debido a que fue un caserío fundado por franceses en el siglo XIX. Atendía además funcionarios del cuerpo de guardabosques, algún personal relacionado con el pedraplén y dos familias de pescadores, una residía en el mismo caserío y pescaban para el pedraplén y la otra en un lugar llamado Punta el Mangle y eran pescadores de concha. En total creo que nunca sobrepasaron las 50 personas físicas en el cayo y en un lugar así, donde además no hay niños, ancianos ni embarazadas, que son los mayores consumidores del tiempo en nuestra profesión, pues precisamente era tiempo lo que me sobraba, mucho tiempo, a veces demasiado tiempo y yo ni siquiera sabía ni tenía con que pescar.
Pero bueno las amistades fueron apareciendo y conversando sobre pesca uno de los jóvenes obreros, que tenía algunos cordeles, me aseguro que cuando tuviera un tiempito iríamos a pescar. Estaba con tremendos deseos de experimentar la pesca de este lado del cayo, porque la poca experiencia que tenía en pesca marina,  provenía fundamentalmente de la captura de chopas y curbinos desde la costa de nuestra isla principal, quedándome el gran cayo Romano, siempre enfrente y distante.
Y no demoró mucho en llegar el momento esperado, así me lo hizo saber mi amigo, que ya venía a buscarme una tarde con todo preparado.
-¿Bueno y la carnada? Le pregunté
-Aquí las tengo. Las saqué en la parte de atrás del lavadero del comedor, allí siempre hay.
-¿Pero y qué cosa es?
-Lombrices de tierra.
-¿Pero y aquí pica con lombriz?
-La biajaca siempre pica con lombriz
-¿Compadre y en el mar hay biajacas?
-Sí, en el mar también hay biajacas… de mar, pero no son esas las que vamos a pescar, de hecho desde la orilla en este tiempo no pica nada, caminando un poco detrás de esa loma hay una laguna que esta llenita de biajacas, así que vámonos ya, que está un poco lejos.
Y ahí acabó la ilusión de verme con un gran pargo al final de la línea, resultaba que mi primera pesquería en el cayo continuaba siendo en agua dulce. Tiempo después me enteré que todo fue planeado por algunos de los mas jodedores, que conocían mis deseos de pescar en el mar, imagínese, había que buscar algo de que hablar y reírse en las largas noches donde solo había un dominó, que ya todos conocían y un televisor que malamente se veía cuando había combustible para echar a andar el generador eléctrico.
Pero en fín la pesquería se dió y no fue mala, por lo menos fue divertida. Las biajacas picaron bien y regresamos con una veintena, no eran muy grandes pero se podían comer, sin embargo no me arriesgué a probarlas porque una buena parte de ellas, estaban infectadas con parásitos tisulares, una especie de pequeñísimos gusanos perfectamente visibles fundamentalmente en los ojos de los peces. Nunca me había imaginado que en el cayo había biajacas también, de hecho todavía no se como pueden sobrevivir en un lugar así, sin un curso de agua dulce permanente, porque aunque en la época de lluvias se forman grandes lagunas, estas desaparecen totalmente cuando hay una gran sequía y me imagino que en la milenaria historia geológica del cayo, mas de una temporada seca, debe de haber sido lo suficientemente intensa como para dejarlo totalmente deshidratado. ¿Cómo sobreviven nuestras queridas biajacas criollas en un ambiente así? ¿Será en fuentes en agua subterránea? ¿Tendrán sus huevos cierta resistencia a la desecación? Yo no lo sé, pero ahí están.
Vaquita con arpón
En las aguas que rodean cayo Romano existe un pequeño y curioso pez conocido como pez cofre, que en nuestra región es llamado de vaquita o torito, dependiendo de la presencia o no de unas protuberancias que sobresalen en su cabeza y que recuerdan los cuernos de un toro, no se si serán la misma especie, cosa que dudo mucho y popularmente se piensa que el que tiene cuernos es el macho y el que no los tiene es la hembra, lo cual es bastante dudoso también. Ese pez, que luego de leer un poco, aprendí que pertenece a la familia ostraciidae, una vez desprovisto de la fuerte coraza que constituye su piel y preparados sus tres filetes de la forma que sea, constituye una delicia culinaria, razón por la cual es bienvenido en cualquier pesquería.  Como contrapartida, es portador de una fuerte toxina, fundamentalmente en sus vísceras, potencialmente mortal para humanos y realmente letal para gatos, perros y otros animales.
Durante mi estancia en cayo Romano vi que la pesca de la vaquita se realizaba generalmente de forma accidental cuando se estaban pescando otras especies, ya fuera en redes, nasas o los llamados corrales, nunca vi ninguno a anzuelo y desconozco si pican, pero si existía una forma específica que iba dirigida solamente a ella y era con arpón.
A medida que me iba relacionando con los pescadores que allá vivían, poco a poco me iban invitando a participar en sus actividades cotidianas y cada vez que el horario me lo permitía los acompañaba. Uno de ellos, llamado Carín, aunque su nombre real no lo recuerdo porque nunca lo usé ni escuché a nadie usarlo, era particularmente ducho en el manejo de ese arte de pesca. Salíamos caminando por los bajos, generalmente el agua por debajo de la cintura y lo primero consistía en poder ver a la vaquita, lo cual no es nada difícil cuando el mar está totalmente en calma, pero no se necesita mucho oleaje para que esta se vuelva prácticamente invisible, al menos para los ojos de alguien ajeno a esas labores como yo. Recuerdo que me decía: mira ahí va una, y yo solo la conseguía ver cuando la sacaba enganchada en el arpón. La otra parte del asunto es que el pez no permitía mucho acercamiento, por lo que el arpón era lanzado muchas veces a una distancia considerable y aun así me atrevo a asegurar que entre el 70-80 por ciento de las veces daba en el blanco.
¿Podría considerarse deportiva ese tipo de pesca? Bueno la decisión se le deja a las autoridades, pero hay algunos aspectos que para mi inclinan la balanza hacia una respuesta positiva. Primero: no era un tipo de pesca que se realizaba muy frecuentemente, generalmente se hacia para ofrecer a familiares o amigos que venían de visita y gustaban del plato, o cuando ya cercano el horario del almuerzo o la comida, la que manda en la casa anunciaba que no había otra cosa para cocinar. Segundo: que en cada pesca el número de ejemplares era reducido, nunca vi capturar más de 6 o 7 piezas. Tercero: no sé si existirá una talla mínima legal para este pez, pero todos los ejemplares capturados eran adultos de buen tamaño.  Por último y no menos importante, la gran habilidad y precisión del pescador, solo se conseguía después de años de práctica como cualquier deporte, solo así se lograba ser efectivo, si tiene alguna duda, puede intentarlo usted mismo. 
Cerdos nadadores en Punta el Mangle
En la década del 80 del pasado siglo, el entonces joven escritor Leonardo Padura, publicó en EL Caimán Barbudo un escrito titulado Crónica de un Mundo que se Acaba. En él nos narraba sobre la vida de quien consideró el último ejemplar cubano de la vieja especie de los pescadores solitarios: Alcides Fals Roque. Este Nuevitero, amigo de Hemingway, había llegado al cayo con apenas 6 años y nunca más se fue, convirtiéndose en el mejor pescador de quelonios de Cuba.
Yo no conocí personalmente al viejo Alcides, pero en el tiempo que estuve en el cayo, si tuve la oportunidad de visitar y compartir varias veces con algunos de sus descendientes, que como él, continuaban viviendo en el lugar llamado Punta el Mangle y dedicándose a la pesca de quelonios, para la fecha en franca decadencia.
Muchas cosas llamaban la atención de la pesca de quelonios, pero lo que motiva este texto esta relacionado con lo que acontecía una vez que los animales, ya capturados, eran depositados en la caseta del muelle, sacrificados y preparados. Inmediatamente que esto acontecía, los cerdos que eran criados para consumo familiar y que vivían allí sueltos libremente, se lanzaban al mar y primero caminando y después nadando llegaban hasta el nivel de la caseta del muelle, para consumir lo que los Fals arrojaban al mar por considerar no apto para consumo humano. Mientras nadaban, comían tanto aquel material más adiposo que flotaba, como lo que se quedaba a media agua, e incluso podían sumergirse para capturar piezas en el fondo.    
¿Cómo y cuándo comenzó dicha práctica? ¿Recibieron algún tipo de adiestramiento? ¿Aprenden los más jóvenes de los mayores? Eran las preguntas habituales que hacían los que como yo asistíamos al espectáculo por primera vez. Y nunca había una respuesta clara, ni ellos mismos sabían cómo o cuándo había comenzado todo, era sencillamente un hecho que aconteció naturalmente y como tal era aceptado y mantenido prácticamente en el anonimato, dado el relativo aislamiento del cayo, donde solo se podía llegar por barco. Todo cambiaría con la construcción del pedraplén, al poco tiempo ya estaba la Televisión Camagüey realizando un reportaje sobre los puercos nadadores de cayo Romano, que aun debe encontrarse en sus archivos.
Ya han pasado casi 20 años desde que salí del cayo y no he regresado nunca más, razones de diversa índole lo han impedido, la mayoría de los protagonistas de estas historias ya han fallecido y de las casas solo quedan prácticamente escombros debido al abandono y a los eventos atmosféricos que nos azotan regularmente. Afortunadamente guardo en mi mente al igual que Padura imágenes irrepetibles de recios pescadores sobre una playa virgen, “la próxima imagen de ese lugar será la de una rubia alemana con los senos al sol, a cuyas espaldas se alzará un lujoso hotel de hormigón y cristal” Proféticas palabras.  

                                   

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