UNA MECÁNICA QUE FUNCIONA

Probablemente Rubén Martínez Borrego es todavía una de las primeras personas que uno acabará por conocer en La Habana cuando se comienza a pescar a spinning. Un día u otro, ayudado por la inexperiencia, se carga con un desperfecto en el carrete, que no siempre tiene la calidad requerida para los duros trajines de la costa, y a poco de preguntar alguien nos encamina a Escobar # 309, altos, a pocas cuadras del Malecón.

Desde que arribó a la capital a los 18 años de edad, procedente del municipio de Perico, en la provincia de Matanzas, Rubén se las arregló para mantenerse cerca del muro limítrofe del mar, línea histórica de entrenamiento para muchos pescadores aficionados de categoría. Pescar en agua salada era la continuidad de una afición que había comenzado en sus predios rurales a los siete años con la vara criolla, “muy entretenida y muy terapéutica”.

-En los años ’60 y ’70 había más pescado que ahora. Las manchas de jiguagua se paseaban desde el Río (Almendares) a La Punta y de La Punta al Río, y los pescadores tirándoles con todo: palos, cucharas, pollos grandes… Ya había gente pescaba a spinning en La Habana, como Gustavo Iglesias, Roberto García, Eugenio Sánchez, Calderón, Luis el Mexicano, Rolando Valdés y los demás.

-Se comenzaba a llamar espineros, o espinistas, como escribió un periódico una vez.

“Yo comencé pescando a fondo, con línea manual, y ya a finales de los ’60 pescaba a spinning. En aquellos años –continúa Rubén- las marcas de carretes que más se veían en El Muro (o sea, el Malecón) eran los viejos Mitchells y Rummers".

-¿Por qué cree que el spinning sigue avanzando en el gusto de los aficionados cubanos?

-Porque es una pesca muy emotiva, muy deportiva. El combate entre el pescador y el pez, con la línea fina.

-De los escenarios que tiene Cuba para esta pesca, ¿cuáles ha caminado Rubén?

-Me gusta mucho la Península de Guanahacabibes, el extremo occidental de Cuba, en particular la zona del Cabo de San Antonio y Playa Jaimanitas, cerca de Cabo Corrientes. En Isabela de Sagua, al norte de la provincia de Villa Clara, hay mucho pescado grande, igual que en los Cayos San Felipe, por el sur de Pinar del Río… Aquí en La Habana fui integrante de un equipo que escogieron para hacer el libro Lo que Usted debe saber de Pesca (Gonzalo León Lanier, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1989).


-¿De señuelos, cual es su preferencia?

-“Pollos” y “Cucharas”, fabricados por nosotros mismos. La cuchara debe pescar abajo, cerca del fondo; si es un bajo, entonces levantas la vara y recoges en cuanto toca el agua.

Explica Rubén que “Se supone que la cuchara tenga su propio movimiento”, mientras que el pollo necesita una presentación más dinámica, hay que darle vida. La cuchara es conocida por ese nombre en los catálogos, o por su traducción en inglés, spoon; el pollo es propiamente un jig, un anzuelo plomeado con una vestidura de pelos de cabra blanca teñidos de amarillo.

Rubén Martínez Borrego se jubiló hace más o menos un lustro de 40 años de su empleo de mecánico de taller. No significa que se ha separado de las herramientas, difícilmente podría cuando tocamos a su puerta con un carrete de spinning necesitado de un ajuste, tal vez de algo más, pues hemos visto rehacer una de esas maquinillas hasta dejarlos tan útiles como el día que salieron de la línea de montaje… y quien sabe si mejores.

Su cuarto de trabajo puede que tenga 1.50 por 1.50 metros y probablemente me excedo en la estimación. Debajo de un amontonamiento de carretes en proceso de reaparación y de piezas y herramientas lo más probable es que exista una mesa, aunque no lograremos verla en años. A veinte centímetros de la espalda del operario hay cañas de pesca adosadas a la pared; a un costado de su silla un torno y en el extremo del mismo banco un taladro. En otro momento puede que podamos averiguar la historia de las diversas marcas de avíos de spinning y sus procedencias, pero es seguro que durante un largo número de años todo lo que tenía el pescador era unos carretes de procedencia soviética, conocidos como “Delfín 8”, muy elementales, con los cuales nos iniciamos toda una generación de pescadores a vara y carrete. Luego vino un período durante el cual había que reparar cada avío y con esa necesidad surgieron artesanos increíbles, como este que entrevistamos hoy.

-¿El comienzo? No tenía intención de convertirme en un especialista, a fin de cuentas esta mecánica no es más que lo que hacía en el taller día tras día. Pero venían los amigos míos con el carrete y entonces yo les hacía la piecesita para resolverles el problema. Luego resultó que no había nadie que prestara este servicio y como soy miembro de la Federación, me fui involucrando y hoy día me conocen en toda la Isla.

“Yo fui mecánico de fábricas de cigarros, eso significa que debía trabajar piezas grandes y pequeñas; un piñón es lo mismo en una máquina de aquellas que en un carrete de pesca, el mismo principio. También había que trabajar soldadura, tornería… hasta un curso de Tecnología de los metales tuve que dar. Luego agrega con un poco de picardía: “En tantos años, algo tiene que aprender uno”, y sin levantar la vista del pie de rey, mientras mide una ínfima ruedecilla, nos entera de que por su trabajo recibió seis órdenes del Consejo de Estado de la República de Cuba.

-¿Qué carretes prefiere el cubano?

-En agua salada, que sean rápidos y fuertes, de cuatro y más vueltas de guiahilos por giro de manivela; tres rodamientos son suficientes. Para la trucha en agua dulce, cualquier carretito que trabaje suave. En cuanto a marcas, el Penn es el que más le gusta al pescador nuestro, que busca siempre garantizar la captura.

El Daiwa es muy bueno, y los Shimano.

Como muchos otros pescadores cubanos, que saben de marcas y modelos de cañas, señuelos y carretes, y hasta de montar moscas hablan algunos, sin poner nunca un pie en los grandes almacenes de avíos de pesca, recibir catálogos ni visitar internet, Rubén sabe de inventivas para mantener en funcionamiento su taller. El torno fue una compra, pero el taladro salió de sus manos e igual un copiador para reproducir los piñones, tan sufridos en las arrancadas de los pescados en el spinning de orilla. Cada mes pasan por sus manos 15 o 20 carretes.

En el taller de Rubén hay mucho de la maestría y la laboriosidad que mueve la vida real de las gentes comunes en este país. Y mucho también, seguro, de ese gusto por ponerles las manos a las cosas que algunos pescadores van adquiriendo, como una forma de extender la magia del día frente al agua. Pues un día se conversa, otro se lee, y al siguiente pasa uno por la caja o la mochila donde guarda los equipos a echar una mirada y siempre algo aparece. Para algunos, acá, donde se debe extender la vida de una caña, rescatar un carrete que puede ser tan costoso como cuatro meses de salario, fundir lombrices de vinilo con moldes caseros y una mezcla inventada… ser como Rubén es tener una especie de gracia divina.