La pesca de agujas al curricán en Cojimar
(Otra vieja crónica de la Corriente del Golfo).
La primera salida que hizo cierto reportero para intentar documentar la captura de una aguja en la corriente del Golfo ocurrió en el legendario puerto de Cojímar y mar afuera había una marejada más que regular. No parecía tan fuerte cuando los dos tripulantes explicaron al periodista que ese giro que acababan de hacer muy cerca de tierra era para tratar de capturar un agujón que debería servir como carnada para los peces de pico. Durante esta didáctica demostración, alguien debió darse cuenta de que el representante de lo que en algunos sitios llaman “cuarto poder” se hallaba inmerso en un experimento biológico que involucraba su sentido del equilibrio, ciertas propiedades del oído y otras profundidades de su revolcado organismo, lo que se manifestaba en un evidente color verdoso en la epidermis facial y un gesto equivalente al de un individuo al que le comunican que ha perdido su empleo, pero que no tiene de qué preocuparse.
Como el Nadina era un barco pequeño, cuando se levantaba en la cresta de la ola su centro de gravedad quedaba por un instante indeciso, pero de inmediato, como si el barquito recordara súbitamente cual era su posición correcta, dejaba caer estrepitosamente la proa, que golpeaba el agua como si la superficie del mar fuera de hormigón fraguado. Así nos pasamos nueve horas dando fuertes pantocazos a la vista de la costa habanera. Las principales consecuencias de esta forma de navegar es que se pone a prueba la solidez del casco y la capacidad de la gente de a bordo para dedicarse a este deporte. Lo primero no tuvo dificultades; en cuanto a lo segundo, el reportero ingirió dos tabletas de un medicamento que supuestamente era para evitar el mareo, se mareó tres veces y encima sufrió el efecto secundario de una invencible somnolencia. Solo en los momentos de acción era posible dejar el puesto de observación elegido (Un segmento de cubierta a babor, con la espalda apoyada en la caja del motor) para hacer alguna foto.
En Cojímar hay posiblemente más de dos centenares de embarcaciones de pesca deportiva, cada uno tan diferente del otro que no sería fácil hallar una norma común, salvo que todos flotan y tienen una colección de nombres digna de un estudio sociocultural. En un día de competencia se contaron 48 embarcaciones; unas cuantas suelen ser grandes, como el Gladys, Leviatán, Aida, Puma, el famoso Poco a Poco. Otras son chicas como Orliseni, Kike y Zenia, y las hay que solo avegan a remo, como Alié, Susel, Coco. Hay muchos más nombres y detrás de cada uno la imaginación quiere hallar un motivo, una historia: Magali, Karla, Dalia Rosa, Dos hermanos, Juanqui, Claudia, Sobresalto, Guanaroca, El Rayo, Arcoiris, Coral, Leslien, Yaquelin, Massiel, Acuario, Yadira, Ana Maria, Oromar, El Dorado, Roly, Isa, sol, Kiskeyl, Eliamar, El Calipso, Tres Amigos, El Mandy, Camila, Bolina II, Guaican, Lila, Sobaco, Doris, Pinomar, Yenes, Solange, Zoita, Mairelis, Japonesa y, por supuesto, Nadina, donde se marea el principiante.

Salir a la Corriente desde la rada de Cojímar tiene tanto sabor iniciático para el amante de la pesca como el cruce de la línea del Ecuador para los marinos profesionales. Para pescar agujas se requiere una embarcación capaz..., un patrón que no necesite indicaciones, una vara con carrete de trolling y buena carnada. Escribano, lisa o agujón son los más usados en esta costa. Los escribanos se ensartan completos en el anzuelo: uno, dos y hasta tres, pero del agujón se usan las bandas, rebajadas de carne y con un corte en V en el extremo opuesto al anzuelo para que flamee como un estandarte y simule la cola de un pez apresurado cuando se ele remolca sobre el oleaje.
El hombre que prepara las líneas, una vez que ha colocado la carnada en el anzuelo, mide cada vez de 20 a 40 brazas de la línea de la vara, la fija en una presilla que se iza a lo largo del outrigger desplegado y enseguida se suelta la carnada para que ocupe su lugar en la corriente. Todo esto sucede mientras la embarcación abandona puerto en dirección a los hileros de la corriente.
Cuando están preparadas las dos líneas -dos como mínimo-, ya está a la vista el Morro de la Habana. Nos regalamos una rápida vista del Malecón, antes de que el patrón gire el timón y nos ponga en rumbo de 180 grados en busca de Santa Cruz del Norte. Unas veces se va más cerca de tierra, otras más lejos si lo autorizan las autoridades de frontera. A veces navegamos casi en línea recta, y otras en el agotador serruchado.
Amablemente, uno será invitado varias veces al día a comer o beber:
-¿Una cerveza, compañero periodista?
Y el compañero periodista trata de mejorar el rostro del que fue dejado disponible, pero no tenía que preocuparse, y con una elegancia muy británica responder: “Gracias, tal vez más tarde”, mientras el Nadina se desprende alegremente de lo alto de una ola y viaja infinitamente abajo hasta topar con la superficie del mar nuevamente, que uno creería que esta vez la han hecho de un material más sólido, porque el pantocazo viaja sin amortiguación justo hasta la base del órgano con el que, con un poco de suerte, más tarde se ensamblarán las palabras para esta crónica.
En algún momento una de las líneas de pesca sale disparada de su presilla y el universo entero parece alterado en un instante. El espacio de la popa, donde es imposible dar dos pasos y medio sin alcanzar cualquiera de las bandas, parece de pronto demasiado grande, el marinero debe apurarse para cazar al vuelo la línea que se escapa, da brazadas descomunales para acercar al pez atrapado, pero cualquier cosa que haya sido conoce bien su elemento, pues la carnada queda de su lado y hay que armar con paciencia el aparejo. El patrón, imperturbable, sigue al timón. Eso hacen los patrones.
A nueve horas de este procedimiento es a lo que llamamos, técnicamente, pescar al curricán.